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Asesoría
En América Latina, las mujeres viven en promedio cinco años más que los hombres. Lo que debería ser motivo de celebración se convierte, en términos financieros, en una presión para un sistema previsional que no fue diseñado para responder adecuadamente a esa mayor longevidad. A esta realidad conocida como la "paradoja de la longevidad": vivir más exige financiar más tiempo de salud, cuidado y autonomía, pero las condiciones en que la mayoría de las mujeres llega al retiro laboral hacen de ese financiamiento una ecuación casi imposible de cerrar.
Con una esperanza de vida que ronda los 84 años para las mujeres frente a los 79 u 80 de los hombres, la planificación patrimonial ha dejado de ser una decisión personal deseable para convertirse en una necesidad estructural impostergable.
El rezago previsional femenino responde a cuatro variables que se potencian entre sí a lo largo de toda la vida laboral. La primera es la longevidad misma: en Chile, por ejemplo, la esperanza de vida proyecta 83.7 años para las mujeres frente a 78.4 para los hombres, lo que significa al menos cinco años adicionales de retiro que deben ser financiados con un capital que, estructuralmente, tiende a ser menor.
La segunda variable es la jubilación anticipada. Por ley o convención, las latinoamericanas se retiran antes del mercado laboral; jubilarse entre los 57 y 60 años en lugar de entre los 62 y 65 implica cinco años menos de cotización, ahorro y rentabilidad acumulada.
La tercera es la brecha salarial: con una diferencia de aproximadamente 17.9% en desmedro de las mujeres, la base de capital disponible para el ahorro se erosiona mes a mes, de forma silenciosa pero sistemática.
La cuarta, y quizás la más invisible, son las interrupciones laborales. El peso de la maternidad y de los cuidados no remunerados genera amplias lagunas previsionales: mientras un hombre promedio acumula 25.7 años efectivos de cotización, una mujer alcanza apenas 16.9. Esa diferencia de casi nueve años de aportes activos determina, en gran medida, el nivel de la pensión que recibirá décadas después.
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El resultado de cruzar estas cuatro variables es un descalce severo: las mujeres deben financiar cerca de 24 años de retiro con un capital notablemente menor, frente a los 13 o 14 años que, en promedio, deben cubrir los hombres.
Frente a este diagnóstico, Max Pinto, Director de Asesoría y Productos de SURA Investments, señala que la longevidad exige anticipación como primer principio. "El interés compuesto trabaja para ti mientras duermes, pero la ventaja del tiempo perdido nunca se recupera", advierte.
Las proyecciones respaldan esa afirmación con precisión matemática. Empezar a invertir a los 25 años genera cerca de un 90% más de capital al momento del retiro que si se espera hasta los 35. Quien posterga esa decisión una década verá reducido su fondo final en un 45%, y cada año adicional de retraso representa una caída de entre el 3% y el 5% del fondo acumulado.
Pese a las desventajas estructurales, las mujeres de la región están asumiendo un papel más activo en la gestión de sus finanzas. Los datos confirman la tendencia: hoy el 42% de nuestros clientes son mujeres y el monto promedio de inversión femenina ha crecido un 29% en los últimos 24 meses.
Sin embargo, el rezago en volumen de capital sigue siendo significativo. El monto promedio invertido por nuestras clientes es de USD 70,241, frente a USD 126,029 en el caso de los hombres: una brecha del 44%.
De acuerdo con Lina Madrid, Directora de Infraestructura e Inversión Sostenible de SURA Investments, “aunque aún existen brechas frente a los hombres en los montos invertidos, los avances son claros: crecen tanto la participación como los montos promedio, reflejando una relación cada vez más informada, activa y estratégica con la inversión. Más que un cambio puntual, es una evolución en la forma en que las mujeres gestionan su futuro financiero”.
Nuestros expertos coinciden en que el primer cambio necesario es dejar de ver la pensión como un evento de fin de carrera y entenderla como un ciclo patrimonial continuo que abarca cuatro fases —acumulación, inversión, retiro y transferencia— que se planifican a lo largo de toda la vida productiva.
Las decisiones que más impactan esa trayectoria son también las más accesibles: aumentar la tasa de ahorro, asumir el nivel de riesgo adecuado según la edad y considerar extender la vida activa, aunque sea parcialmente.
La paradoja de la longevidad es compleja, pero no irresoluble. Es necesario entender que el retiro ya no dependerá de una sola fuente de ingresos, y que combinar ahorro previsional, inversiones diversificadas y una gestión profesional del tiempo disponible son el único camino para garantizar que los años ganados a la vida puedan vivirse con autonomía financiera real.
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